Crecer para ser libre

Monólogo para el concurso La Libertad ¿es una utopía? 2023

No había debate filosófico ni esfuerzo para definir la palabra y menos para pronunciarla; simple, traslúcida, así la pensaba cuando fuí un niño, me habría provocado la misma sensación que desnudar el dorado laminado de la moneda y comerme el chocolate, como la danza caprichosa y asincrónica con la música o el vuelo de sillón en sillón despreocupado después de la escuela, casi nadie se deja contagiar, escuchan violenta o nociva a aquella vida que sale expulsada como bólido de las bocas infantiles cuando se sienten felices o tristes, cuando juegan entre semejantes, eso no tiene contención y he visto a varios reprimir aquellos relámpagos vivos, explosiones de estrellas ¿por qué ahora la palabra compromete? ¿Cuándo pasó a ser una sentencia? ¿Y por qué hay quienes se incomodan de las expresiones diversas de la misma? Nadie se salva. Y así como el chocolate, qué rico era tener esa palabra en el paladar, acariciarla con la lengua, que te empuje los dientes para luego expulsarla como ave del nido, nunca sabes hasta donde volará la palabra “libertad”.

Es una noche de Junio del 2003, en seis meses cumpliría los cinco, Anita ya llevaba algunos días en los quince, brillan cual acerina mis zapatos y un moño como cinturón corta suavemente mi cuello, soy idéntico a papá, pero yo. Ella como princesa, la tela lila deslumbrante combina con la sonrisa, los dientes con la joyería, el maquillaje con el ramo y con los ojos nos contagia a todos de alegría, cruza la puerta y la ensalzo con una reverencia a brazos abiertos que no pude contener, me quedo quieto mientras observo que ella se aleja en su carroza albina, en un rato estaré a tu lado, hoy soy tu caballero.

Nos reencontramos poco después, luces de muchos colores rebotaban en todas direcciones devorando la oscuridad, la familia se encuentra, el silencio se pierde, la música proyectada retumba a la distancia. ¡Ponle más aire a tus palabras y tiralas con resortera para que lleguen! A mí como a ninguno de nosotros me dió la estática y me derramé por todas las baldosas veloz como mercurio, sólo tenía un compañero de juego, mi amigo, (tiempo después me enteré que era mi primo) la misión de dejar entintado todo el lugar con los sellos de nuestras suelas se cumplió y poco me importaban las costuras de mi traje en combate por no soltarse, los espectáculos que nos hacían permanecer sentados me desataron gran ansiedad y los coqueteos de la pista suplicando por un clavado cada vez me acosaban más. 

Luego vino la coreografía, me habían reclutado para ello, tomé el ejercicio como un juego con Anita, como tantos que compartía conmigo y memoricé las sencillas marcas que un par de meses antes me habían trazado, éramos un columpio que se balanceaba uno del otro,  no había más que dos hermanos jugando en el parque en ese momento, los demás muchachos danzantes se dispersaron; ella y yo éramos el clímax de la pieza. Anudé fuerte sus dedos a los míos y recorrimos juntos la pista de norte a sur como un proyectil, el impulso nos separó y aterricé desbalanceado en una rodilla a gran velocidad, subí y separé mis manos haciendo un arco y por delante mi sonrisa de oreja a oreja reflejaba luz al público, repetimos el carnaval una vez más por su éxito.

El convivio ya casi acababa, papá y mamá se levantan y me conducen al centro de la pista junto con Anita, estamos los cuatro solos bajo la luz, con ceremonia comienza papá a hablar y en su poder tiene quieta con ojos abiertos a toda alma, se arranca las palabras íntimas y sabias que había preparado, orándolas benevolente sin aparentar esfuerzo; el ritual continúa con mamá y Anita que cálidas expresan gratitud y le devuelven a todos el aliento, se acaban las voces y como instinto pido por el micrófono, no había meditado qué expresar, ni cuáles palabras de categoría como las que había momentos antes eran las que tenía que usar, todo movimiento cesa y mi voz empieza a sonar, simplemente digo lo primero que se me viene la mente, Any está creciendo para ser libre; entonces el aplauso de la tribu graniza, apunto mis ojos a Anita y veo cómo desde arriba su mirada húmeda me besa la frente, poco después viene el recuerdo de lo que pasó, de lo que había dicho, no habrá cómo lo pueda olvidar. 

Mi libertad no era como la de ella ¿se habría sentido como las traducciones del inglés decodificadas en sus canciones favoritas? ¿Como el divertido recreo en el bosque con “Cockis” nuestra cocker spaniel? ¿O como la lectura de los libros de Harry Potter? Saberlo, solo ella. Más bien no se trataba del contraste entre nuestras libertades, fue el ejercicio de escape de la realidad que compartimos, el lienzo fértil que encontré para expresar que mientras nuestras vidas fluyan, el camino recorrido lo llamaremos libertad, no cabe duda que paralelo al camino, habrá momentos desbordantes de libertad utópica, como para mí lo fue la ceremonia de mi hermana mayor pero hay que ser valientes para considerarlos como lo que son y como lo que la vida es, una serie de momentos que se esfuman y alimentan nuestra búsqueda por vivir nuevos flujos, ideas y cuestionamientos. Fue gracias a mi familia que me atreví a hablar de libertad, producto de la exhibición  de cuántos caminos posibles de resolución hubiera y una libre ejecución de mis decisiones, quizá ha sido el proceso que más celebro y me enorgullece acerca de mi niñez. 

Gracias al cansancio que promueve el capital y al abandono de nuestro verdadero éxito personal cada vez nos olvidamos más de quiénes y cómo somos y se vuelve difícil hablar de la libertad cuando crecemos, caemos en la trampa de censurar aquella visión infantil sintiéndonos ajenos y superiores como si nunca la hubiéramos tenido. Deberíamos dirigir las miradas a aquellos inocentes brotes de humanidad que florecen en todo el planeta, observar de cerca la lucha interna que cada uno libra por crecer y aprenderles cuanto podamos de cómo ser felices sin ataduras, con tan poca vida vivida. 



A mi hermana, que todos los días sigue creciendo para ser libre.